Francisco Xavier Moya, pintor, poeta y arquitecto puertorriqueño radicado en Nueva York, proviene de una familia profundamente relacionada a las artes, lo que él describe como “esencial” en el desarrollo de su carrera artística. Una de sus mayores influencias lo fue su hermano mayor, Roberto Moya, quien lo motivó a dar los primeros pasos en la pintura.
Como arquitecto de profesión, admite que ese conocimiento “lo adiestró a comunicarse y pensar con mis manos por medio de imágenes” y a jugar con ellas en las composiciones fragmentadas de sus obras. Así lo demuestran obras como Viento sobre el mar 2, Paisaje desprevenido y Lágrimas del Yunque, entre otras. Estas pinturas con aspecto de mosaico, o “pixeleada”, como el artista prefiere llamarlas, “representan la importancia en identificar conceptos mayores fuera del marco de referencia que se le brinda al observador. Estos elementos fragmentados sugieren la cohesión de un tema mayor sin necesidad de demostrar literalmente todo lo que se abarca”.
A la pintura, en la mayoría de los casos, se le une un poema de su autoría. Ambos se complementan mutuamente, sirviendo de inspiración durante el proceso creativo. Precisamente, el poema Las Flores de mi Jardín, que es en esencia un homenaje a la belleza tropical de Puerto Rico, dio paso a la concepción estética de su pintura paisajista, “la cual facilitó el uso expresivo del color, y se transformó en la metáfora explorativa de mi obra”, explica el artista.
La utilización de colores intensos y vibrantes es una de las características que predomina en sus obras. El entorno “monocromático” que él vive en la urbe nuyorquina contrasta con la variedad y brillantez de su paleta. Obras como Flamboyán, Vereda Encantada y Ventana a la Pintura, entre otras, son una verdadera explosión de color.